EDU MARÍN

Abrazos, besos y llantos de alegría. Miles de personas procedentes de Mosul llegan al campamento de desplazados de Al Jazer donde se reencuentran con sus familias, a las que no veían desde hacía casi dos años y medio, desde que los yihadistas conquistaron su ciudad.

“No puedo creer que esté viva. Hemos estado bajo bombardeos de ambas partes (del conflicto) pero, gracias a Dios, ahora estoy aquí viva”, dice a Efe Omnayi, de 49 años.

Con aspecto cansado, la mujer abraza a su primo, emocionado también por el reencuentro, después de haber abandonado el barrio de Kokyali, en el este de Mosul.

“Estoy esperando todavía a mi hijo, que está estudiando y trabajando en Erbil. Está viniendo hacia aquí”, añade Omyani, que precisa que la última vez que lo vio fue en junio de 2014, cuando el grupo terrorista Estado Islámico (EI) tomó Mosul y lo aisló del mundo.

El mismo tiempo que llevaba Riad sin ver a su primo Anter, quien asegura que se siente “muy agradecido y feliz” por poder verle de nuevo.

Bajo un potente sol en el exterior del campo de Al Jazer, Riad parece desorientado. Deambula de un lado a otro sin saber adónde ir.

“Hace unos días nos prohibieron salir de casa, pero luego vimos llegar al ejército iraquí y a los ‘peshmergas’ (tropas kurdas) y nos marchamos”, recuerda el joven, que aún porta la espesa barba que, como a todos los hombres, le obligaban a llevar los yihadistas.

De los casi dos años y medio de vida bajo el yugo del EI, Riad destaca que su ciudad se convirtió en “una cárcel grande” y en un “infierno”, ya que les “torturaban por cualquier razón, como afeitarse la barba”.

Uno de los torturados fue Mohamed, de 35 años, casado y con siete hijos, que desafiaba a los extremistas con su trabajo de vendedor de cigarrillos.

La radical interpretación de la sharía (ley islámica) impuesta por los extremistas en las ciudades de su autoproclamado califato prohíbe el consumo de tabaco.

Por ello, Mohamed fue castigado en dos ocasiones por los terroristas, “la primera con cincuenta latigazos y la segunda con quince”, señala, riéndose.

Los malos recuerdos se disipan con el calor de los familiares reencontrados y con la sensación de la libertad recuperada.

“Estoy feliz porque aquí fumo libremente y hago lo que quiero”, bromea Mohamed.

Con menos humor, pero igual de aliviada, Omyani, que porta el velo islámico que le cubre el pelo y el cuello, recuerda cómo los yihadistas le decían que se cubriera también la cara.

“Pero yo no lo hacía, no estaba asustada, les decía que no me iba a poner el jimar (vestimenta amplia que cubre la cabeza y el torso, y oculta las formas del cuerpo de la mujer), pero no me torturaban porque soy mayor”.

Además, “yo no les miraba a la cara porque odiaban que la gente les mirara a los ojos”.

Dentro del campo de Al Jazer, un mar de tiendas blancas y azules inunda el desierto en el que empiezan a establecerse los centenares de familias que han llegado y que hacen hueco a las próximas que vendrán.

El responsable de la sección de la ciudad kurda de Erbil de la Sociedad de la Media Luna Roja, Hawre Ihsan Sadiq, cuenta que hasta la llegada de estas miles de personas, en el campamento había cerca de 500 familias, unas 2.500 o 3.000 personas, según sus cálculos.

El trabajador humanitario afirma con seguridad que podrán acoger a los que llegan y están por llegar, ya que la instalación tiene una capacidad máxima de 6.000 familias, cerca de 36.000 personas.

Cada familia se ubica en una tienda, salvo que sea muy numerosa, entonces se divide en dos o tres tiendas, según Sadiq.

“Les damos agua y comida”, indica este abogado kurdo, que añade que además disponen de “una clínica, en cooperación con la Media Luna Roja de Catar, que abre seis días a la semana”.

Ante la esperada llegada de muchas más personas conforme vaya avanzando la ofensiva sobre Mosul, Sadiq sigue afirmando que el campo está preparado.

“Estamos cooperando plenamente con otras instituciones como la ONU y Barzani Charity Organization. Una sola organización no podría hacerse cargo de esto, pero juntos podemos hacerlo”, destaca.

Asimismo, tiende la mano y no pone fecha límite a la estancia de estas personas en este mar de tiendas: “Mientras lo necesiten, (los desplazados) se quedarán aquí”.

Así lo piensa hacer, de momento, Riad, que subraya que no puede volver porque Mosul “está completamente destrozada”.

“Me quedaré en el campo hasta ver qué voy a hacer. Cuando no haya más Dáesh (acrónimo en árabe del EI) y los ‘peshmergas’ y las fuerzas iraquíes vengan con nosotros, y sea seguro (regresar), por supuesto que quiero volver”.

Para leer este artículo en su publicación original: LAVANGUARDIA

 

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